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Escribíamos en un artículo anterior que el hombre contemporáneo ha
dejado de creer en el pasaje evangélico de la multiplicación de los
panes y los peces; en cambio, a ese mismo hombre le dijeron que sus
ahorros se multiplicarían por dos, o por veinte, o por doscientos, si
los entregaba a un banco de inversiones, ¡y el tío se lo creyó! Lo cual
nos obliga a aceptar que la credulidad del hombre contemporáneo ante los
misterios de la economía es de una naturaleza cuasirreligiosa. Y, puesto
que sabemos que no se puede servir al mismo tiempo a Dios y las
riquezas, hemos de aceptar también que esta fe en los misterios de la
economía es de naturaleza demoniaca. No en vano los antiguos situaban a
Plutón, el dios de las riquezas, al lado de Hades, en el Averno, allá
donde moran los dioses del inframundo; esto es, en el infierno.
La vocación del hombre hacia el misterio es irrefrenable, porque forma
parte de su naturaleza; y cuando la naturaleza se reprime o amputa, esa
vocación natural se expresa de forma enfermiza. Quitadle al hombre su fe
en los misterios divinos y habrá de llenar ese hueco con una fe en los
misterios demoniacos. Nuestra época ha ideado multitud de sucedáneos
demoniacos –idolatrías– que alivian la amputación infligida al hombre
contemporáneo; y entre tales sucedáneos se cuentan la obsesión
ideológica y la obsesión económica. La primera es la idolatría propia de
los hombres que se creen dioses capaces de organizar el mundo en
ausencia de Dios e instaurar un Paraíso en la Tierra; la segunda es una
idolatría aún más degenerada, propia de hombres que han aceptado que
nunca serán dioses, que nunca podrán instaurar el Paraíso en la Tierra y
a quienes, en definitiva, no les resta otra solución que entregarse al
más bajo entre los bajos instintos, que es la avaricia, el afán
inmoderado de posesión.
Las idolatrías son parodias de la religión; a veces parodias burdas y
elementales, a veces sofisticadísimas. La idolatría plutoniana que
corrompe nuestra época es de estas últimas; tan abstrusa que el hombre
contemporáneo, una vez entregado a ella, constata con perplejidad que no
puede entenderla, que su raciocinio no puede abarcar su misterio
inextricable (misterio que no es tal, sino un mero timo), por lo que
decide confiarse a los sacerdotes de la idolatría, en la confianza ciega
de que ellos serán capaces de entenderla. Estos sacerdotes adquieren
diversas fisonomías: en tiempos de bonanza, su ministerio lo desempeñan
los banqueros y expertos bursátiles; en tiempos de crisis, los
gobernantes, que aparecen ante los ojos de los adeptos como mesías o
redentores que vienen a poner orden en el caos.
Esa grotesca Cumbre Refundadora del Capitalismo que acaba de celebrarse
en Washington, donde los mandatarios del mundo mundialque previamente
habían creado el desaguisado se erigen en «salvadores del sistema
financiero», ejemplifica a la perfección el grado de locura ciega al que
la idolatría plutoniana puede arrastrar a sus adeptos; grado de locura
que adquiere ribetes de desquiciamiento si consideramos que, hasta la
fecha, la única ‘salvación’ que tales redentores han pergeñado consiste
en seguir saqueando los bolsillos de los adeptos, mediante ‘planes de
emergencia’ que ayuden a los banqueros, que eran los sacerdotes a cuyo
ministerio nos incitaron a confiar nuestros ahorros, en tiempos de
bonanza. Pero, como la idolatría plutoniana es una parodia de la
religión, se exige a los adeptos que se mantengan firmes en la fe. ¿Fe
en qué? En una fantasmagoría. Pues el ídolo que nuestra avaricia venera
es el fantasma de un fantasma. El dinero es, por definición, un
fantasma, un signo que representa las cosas reales, inventado por los
hombres para agilizar el comercio. Si ya es discutible que ese fantasma
represente el valor de las cosas reales, ¿cómo calificar nuestra
creencia de que ese fantasma pueda ser, a su vez, ordeñado como si fuese
una vaca, generando réditos que crezcan indefinidamente? Hasta un
espiritista en plena resaca de anisete nos diría que los fantasmas no
pueden procrear; pero los sacerdotes de esta idolatría plutoniana han
hecho creer al hombre contemporáneo, azuzando su avaricia, que su dinero
podía procrear como un conejo. Hoy toda esta fantasmagoría se derrumba;
y deja al hombre contemporáneo huero como una nuez vana, a solas con el
vacío que ocuparon los misterios demoniacos. No lo llaméis crisis
económica; es la crisis de una idolatría.
XL Semanal, 1 de diciembre de 2008
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