|
Entre el batiburrillo de paparruchas con que los politiquillos apedrean
nuestro castigado entendimiento, de vez en cuando dejan escapar frases
que, si bien han sido formuladas con la intención escapista y
confundidora que los caracteriza, admiten una interpretación paradójica
que explique exactamente lo contrario de lo que ellos pretendían
hacernos creer. Con su habitual vocación sofística, el presidente
Zapatero dijo en un programa televisivo: “La crisis es un estado de
ánimo”. Con lo que pretendía hacernos creer que los signos de derrumbe
que por doquier nos hostigan –el paro galopante que devora hombres como
un Moloch redivivo, la quiebra efectiva de los bancos maquillada
mediante argucias que ya sólo se creen quienes desean ser engañados,
etcétera—no son sino percepciones averiadas de un “estado de ánimo”
propenso al pesimismo; y que basta con que nos abracemos al optimismo
insensato de la idolatría zapateril para que todas estas calamidades se
desvanezcan como por arte de ensalmo. Es rasgo distintivo de las
idolatrías fundarse sobre “estados de ánimo” ilusorios; y también apelar
a “estados de ánimo” ilusorios cuando la realidad se torna cetrina, para
mantener en pie el embeleco.
¿Y sobre qué se ha mantenido en pie el embeleco de la idolatría
zapateril? Pues, como todas las idolatrías que en el mundo han sido,
sobre la promesa de un paraíso terrenal. Las idolatrías extirpan en el
hombre la “vocación hacia lo alto”, que es tanto como privarlo de fe en
el futuro; y el hombre sin fe, desgajado de su futuro, necesita
acallar de algún modo la amputación que la idolatría le ha infligido,
necesita anestesiar el dolor de seguir viviendo mediante lenitivos de
efecto inmediato. El lenitivo que la idolatría ha repartido a granel
durante estos años, para anestesiar ese dolor incesante, se llamaba
dinero: con dinero la idolatría ha mantenido a los hombres
dóciles y adormecidos, voluptuosamente entregados a deleites que
favorecían su ensimismamiento; con dinero la idolatría ha instaurado un
paraíso terrenal de consumismo y hedonismo a granel, un reino de
delicias universales donde cualquier capricho o apetencia era
inmediatamente atendido, inmediatamente renovado, inmediatamente
convertido en adicción. Ahora el dinero se desvanece súbitamente, como
ocurre tarde o temprano en las idolatrías (que, básicamente, consisten
en adorar un dios que no existe); y, con él, aquel lenitivo o anestesia
que mantenía en pie el embeleco. Mientras se sostuvo la idolatría del
dinero, los hombres hallaron el consuelo que en otras épocas buscaban en
lo alto en el trasiego de la tarjeta de crédito; sólo que este consuelo
era un sucedáneo que sólo creaba “estados de ánimo” ilusorios,
exaltaciones y entusiasmos que ahora se revelan fantasmagóricos.
“La crisis desborda el diván”, rotulaba ayer este periódico. ¿Dónde
queda ahora ese “disfrute de la vida” al que nos exhortaban los señores
ateos en sus campañas publicitarias de autobús? Pues en lo que quedan
todos los paraísos de las sociedades idolátricas: en un carpe diem
que arranca los capullos de las rosas mientras dura un “estado de ánimo”
optimista; pero, cuando los capullos de las rosas se amustian,
sobrevienen la depresión y la ansiedad, que son las boqueadas y
estertores de los hombres que han apartado los ojos de aquella rosa
inmortal que vio Dante. La crisis es, en efecto, un estado de ánimo; y
los “estados de ánimo” son la condena de los hombres amputados que se
fiaron de la idolatría y le entregaron su alma. “Estados de ánimo” de
los que, por supuesto, los hombres no se liberarán tumbándose en un
diván, sino recuperando la vocación hacia lo alto que la idolatría les
amputó.
ABC, 2 de marzo de 2009
 |