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El silencio del patinador
 
Nueva edición de la obra de Leonardo Castellani con selección, prólogo y notas a cargo de Juan Manuel de Prada
 
Nadando contra corriente
 
La nueva tiranía
 
Las máscaras del héroe
 
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La tempestad
 
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Las esquinas del aire
 
Desgarrados y excéntricos
 
La Tempestad
"La Tempestad" obra de Giorgione que sirvió de inspiración para la novela de igual título del autor

 

DINERO (II)

Hubo un tiempo en que la riqueza tenía una índole natural: consistía en poseer objetos reales que acrecentaban la riqueza de su poseedor y, tal vez –si ese poseedor aspiraba a acumular un “tesoro en el cielo”--, la de su prójimo. Pero los ricos de hoy no son dueños de ningún bien visible; su misteriosa riqueza tiene una naturaleza inmaterial, errabunda, meramente nominal: cifras escritas en un papel, dígitos que fosforescen en una pantalla de ordenador, un puro artificio contable. Vivimos en lo que Santayana, proféticamente, llamó “la niebla de las finanzas”, un dominio de naturaleza fantasmagórica que puede desvanecerse como un sueño cuando suena el despertador, sostenido por una convención –el dinero—carente de valor real. Ahora estamos despertando de ese sueño; y sus últimas reminiscencias nos están dejando un regusto de pesadilla, mucho más inofensivo que lo que vendrá después. Porque lo que viene después es la constatación amarga de que aquel sueño jamás tuvo una existencia real, la certeza de que el dinero era una sustancia volátil, a la que nuestra avaricia había prestado una consistencia ficticia. Es el fin de una idolatría.

Durante las pasadas décadas los sacerdotes de la idolatría nos engañaron de la forma más burda y desaforada. Nos dijeron que el dinero podía crecer exponencialmente, desligado de la riqueza de índole natural; nos dijeron que habíamos ingresado en la era del crecimiento perpetuo y la expansión continua, donde los árboles financieros crecían hasta rozar las estrellas, como aquella torre de Babel que mandó construir el soberbio Nemrod. Y mientras ese árbol ilusorio crecía, alimentado por el abono de nuestra voracidad, la economía real se iba convirtiendo en una especie de sucursal pobretona del tinglado financiero; una sucursal pobretona que, sin embargo, sostenía en pie la fantasmagoría, como la púa de hierro sostiene en pie la peonza que gira y gira sin parar y mantiene su contacto con el suelo, esto es, con la producción, distribución y consumo de bienes reales. En esa púa de hierro se sostenía el andamiaje ilusorio del tinglado; pero los sacerdotes de la idolatría que ahora se esfuma ante nuestros ojos pretendieron que se podría incrementar sin límites nuestro consumo mediante la fórmula mágica del “endeudamiento”, consistente en transferir sin descanso ingresos procedentes de la economía real a la economía financiera. Y así fueron engordando la peonza que giraba sobre la púa de hierro, cada vez más abrumada por las sucesivas “encarnaciones” de la convención del dinero; encarnaciones que, por cierto, fueron haciéndose cada vez más gaseosas: del oro pasamos al papel moneda, del papel moneda al dinero virtual y futuro, y así hasta que la peonza, aturdida por el ímpetu vertiginoso de sus giros, se ha caído al suelo, con el consiguiente estropicio.

¿Y qué hacen, entretanto, los sacerdotes de la idolatría, ante el derrumbamiento de la ilusión con la que nos tuvieron engañados? Pues no hacen otra cosa sino huir hacia delante con un rictus disfrazado de sonrisa en los labios. A estas alturas, la política no es otra cosa que un harapo a merced de esa peonza financiera que da sus últimos trompos, antes de darse el definitivo trompazo. El mito del Progreso, que sirvió de acicate a la idolatría mientras duró y mantuvo engatusada a la pobre gente que hoy despierta con horror del sueño, redujo la política a la categoría subalterna de administradora del descontento que los giros enloquecidos de la peonza pudieran ocasionar. Y ahora que esa peonza se arrastra por el suelo, pasada de revoluciones y arramblando a su paso todo lo que pilla, los sacerdotes de la idolatría tratan de presentarse como salvadores in extremis de la catástrofe. Nadie en su sano juicio puede creer que quienes causaron nuestra enfermedad vayan ahora a devolvernos la salud; pero las idolatrías se erigen, precisamente, sobre el ofuscamiento del juicio humano, que deja de mirar al cielo y se ensimisma en la contemplación de su propio ombligo; y ya se sabe que la contemplación del propio ombligo –esto es, la adoración del hombre--, es una religión que sustituye el incienso por el azufre. Pero bastaría que la gente con ansia de respuestas profundas volviera a elevar sus ojos al cielo para que advirtiese que esta crisis, además de pandémica, es pandemónica.

 

 XL Semanal, 22 de febrero de 2009

 

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