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Hubo un tiempo en que la riqueza tenía una índole natural: consistía en
poseer objetos reales que acrecentaban la riqueza de su poseedor y, tal
vez –si ese poseedor aspiraba a acumular un “tesoro en el cielo”--, la
de su prójimo. Pero los ricos de hoy no son dueños de ningún bien
visible; su misteriosa riqueza tiene una naturaleza inmaterial,
errabunda, meramente nominal: cifras escritas en un papel, dígitos que
fosforescen en una pantalla de ordenador, un puro artificio contable.
Vivimos en lo que Santayana, proféticamente, llamó “la niebla de las
finanzas”, un dominio de naturaleza fantasmagórica que puede
desvanecerse como un sueño cuando suena el despertador, sostenido por
una convención –el dinero—carente de valor real. Ahora estamos
despertando de ese sueño; y sus últimas reminiscencias nos están dejando
un regusto de pesadilla, mucho más inofensivo que lo que vendrá después.
Porque lo que viene después es la constatación amarga de que aquel sueño
jamás tuvo una existencia real, la certeza de que el dinero era una
sustancia volátil, a la que nuestra avaricia había prestado una
consistencia ficticia. Es el fin de una idolatría.
Durante las pasadas décadas los sacerdotes de la idolatría nos engañaron
de la forma más burda y desaforada. Nos dijeron que el dinero podía
crecer exponencialmente, desligado de la riqueza de índole natural; nos
dijeron que habíamos ingresado en la era del crecimiento perpetuo y la
expansión continua, donde los árboles financieros crecían hasta rozar
las estrellas, como aquella torre de Babel que mandó construir el
soberbio Nemrod. Y mientras ese árbol ilusorio crecía, alimentado por el
abono de nuestra voracidad, la economía real se iba convirtiendo en una
especie de sucursal pobretona del tinglado financiero; una sucursal
pobretona que, sin embargo, sostenía en pie la fantasmagoría, como la
púa de hierro sostiene en pie la peonza que gira y gira sin parar y
mantiene su contacto con el suelo, esto es, con la producción,
distribución y consumo de bienes reales. En esa púa de hierro se
sostenía el andamiaje ilusorio del tinglado; pero los sacerdotes de la
idolatría que ahora se esfuma ante nuestros ojos pretendieron que se
podría incrementar sin límites nuestro consumo mediante la fórmula
mágica del “endeudamiento”, consistente en transferir sin descanso
ingresos procedentes de la economía real a la economía financiera. Y así
fueron engordando la peonza que giraba sobre la púa de hierro, cada vez
más abrumada por las sucesivas “encarnaciones” de la convención del
dinero; encarnaciones que, por cierto, fueron haciéndose cada vez más
gaseosas: del oro pasamos al papel moneda, del papel moneda al dinero
virtual y futuro, y así hasta que la peonza, aturdida por el ímpetu
vertiginoso de sus giros, se ha caído al suelo, con el consiguiente
estropicio.
¿Y qué hacen, entretanto, los sacerdotes de la idolatría, ante el
derrumbamiento de la ilusión con la que nos tuvieron engañados? Pues no
hacen otra cosa sino huir hacia delante con un rictus disfrazado de
sonrisa en los labios. A estas alturas, la política no es otra cosa que
un harapo a merced de esa peonza financiera que da sus últimos trompos,
antes de darse el definitivo trompazo. El mito del Progreso, que sirvió
de acicate a la idolatría mientras duró y mantuvo engatusada a la pobre
gente que hoy despierta con horror del sueño, redujo la política a la
categoría subalterna de administradora del descontento que los giros
enloquecidos de la peonza pudieran ocasionar. Y ahora que esa peonza se
arrastra por el suelo, pasada de revoluciones y arramblando a su paso
todo lo que pilla, los sacerdotes de la idolatría tratan de presentarse
como salvadores in extremis de la catástrofe. Nadie en su sano
juicio puede creer que quienes causaron nuestra enfermedad vayan ahora a
devolvernos la salud; pero las idolatrías se erigen, precisamente, sobre
el ofuscamiento del juicio humano, que deja de mirar al cielo y se
ensimisma en la contemplación de su propio ombligo; y ya se sabe que la
contemplación del propio ombligo –esto es, la adoración del hombre--, es
una religión que sustituye el incienso por el azufre. Pero bastaría que
la gente con ansia de respuestas profundas volviera a elevar sus ojos al
cielo para que advirtiese que esta crisis, además de pandémica, es
pandemónica.
XL Semanal, 22 de febrero de 2009
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