Cosas que pasan

Página actualizada el 27 juillet 2007

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Su cuerpo adolescente olía a brisa, a olas, a espuma y a peces cuando la tomó en brazos. Él la notó pequeña y frágil, como un cascarón de huevo abandonado en sus manos. Se inclinó para besarla, y sus labios rozaron los de ella como lo harían con los de un bebé, o el manto bordado de la virgen del pueblo: con asombro, devoción y dulzura. La boca de ella estaba fría, como el mar esa mañana de Enero. La observó unos instantes a la luz de plata del sol helado. Qué hermosa era, aún con la piel pálida y gélida, aún con los labios amoratados y las ojeras liláceas. Sí, aún muerta, era hermosa.

Por eso él la abrazaba y lloraba sobre ella. Por eso soñaba an los tiempos en que caminaba por el puerto a llevar a su padre, que tejía redes junto a su barquito, como él mismo, un poco de vino. Lloraba porque la recordaba cuando sonreía, apartando de su rostro el pelo negro. Porque ya no volvería a ensimismarse en sus labios cuando le hablaba. Y porque sabía que un día el tiempo le arrebataría de la memoria esa risa de fuente y pájaros.

Sobre la cubierta del barco, a solas con ella, vistió su cuerpo rígido despacio, con las ropas que sacó del mar, las que permanecieron dos días atadas a sus tobillos, entre las redes. Y mientras le apartaba un mechón de pelo negrísimo de la frente, y le abrochaba los pocos botones que quedaban en el vestido, se sintió más ruin que nunca. Se vio a sí mismo vil, bajo y despreciable por todas las veces que la deseó cuando vivía.

Y ahora, muerta, dormida para siempre, no se atrevió a decirle todo cuanto sus ojos abiertos la habían obligado a callar durante años. Le confesó cuánto la había amado, lo feliz que hubiera podido hacerla. Le susurró que a él nunca le importó ser veinte años mayor que ella. Le describió cuánto le hubiera dolido su rechazo, cómo sufrió al descubrirla abrazada a ese muchacho que iba al instituto con ella.

Pero se dio cuenta de que nada de eso tenía demasiada importancia ahora. Todo el pueblo se había echado al monte, al mar, para buscarla. Y él se la imaginó como una sirena dulce y pálida, yaciente para siempre en las aguas del Cantábrico, envuelta en ese vestido claro, como un ángel. Pero no. Debía llevarla al pueblo, dejar que otros la llorasen. Dejar que se pudriese en la tierra, donde no la visitarían peces, corales y algas, sino sólo gusanos. Porque al fin, no era suya, como nunca lo fue.

Jamás le perteneció. A pesar de haberla tenido dos días oculta, hundida bajo su barco, entre las redes. No fue suya cuando la seguía cada noche, ni cuando por fin se decidió a abordarla. Ni cuando le rasgaba el vestido y la sujetaba por las muñecas. Ni cuando le tapaba la boca y la abofeteaba para que se rindiera de una vez. Ni siquiera cuando la ahogó, casi sin querer, intentando silenciarla.

Un escalofrío le recorrió la espalda y la nuca cuando se aproximó al puerto. Ella reposaba tranquila y distante sobre la cubierta, como si le hubiera perdonado las copas de más de aquella noche. Como si el beso que él acababa de darle no encerrara mezquindad alguna.

La dejó sobre la dársena, entre la gente que comenzaba a aglomerarse a su alrededor. Se despidió de ella con un última mirada a sus labios entreabiertos. Y partió solo y sin rumbo, hacia mar abierta, a la deriva. Donde no tuviera que enfrentarse nunca con los ojos de nadie.

(Duquesa de Rocamor)

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