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Su cuerpo adolescente
olía a brisa, a olas, a espuma y a peces cuando la tomó en
brazos. Él la notó pequeña y frágil, como un cascarón de huevo
abandonado en sus manos. Se inclinó para besarla, y sus labios
rozaron los de ella como lo harían con los de un bebé, o el
manto bordado de la virgen del pueblo: con asombro, devoción y
dulzura. La boca de ella estaba fría, como el mar esa mañana de
Enero. La observó unos instantes a la luz de plata del sol
helado. Qué hermosa era, aún con la piel pálida y gélida, aún
con los labios amoratados y las ojeras liláceas. Sí, aún muerta,
era hermosa.
Por eso él la abrazaba y lloraba sobre ella. Por eso soñaba an
los tiempos en que caminaba por el puerto a llevar a su padre,
que tejía redes junto a su barquito, como él mismo, un poco de
vino. Lloraba porque la recordaba cuando sonreía, apartando de
su rostro el pelo negro. Porque ya no volvería a ensimismarse en
sus labios cuando le hablaba. Y porque sabía que un día el
tiempo le arrebataría de la memoria esa risa de fuente y
pájaros.
Sobre la cubierta del barco, a solas con ella, vistió su cuerpo
rígido despacio, con las ropas que sacó del mar, las que
permanecieron dos días atadas a sus tobillos, entre las redes. Y
mientras le apartaba un mechón de pelo negrísimo de la frente, y
le abrochaba los pocos botones que quedaban en el vestido, se
sintió más ruin que nunca. Se vio a sí mismo vil, bajo y
despreciable por todas las veces que la deseó cuando vivía.
Y ahora, muerta, dormida para siempre, no se atrevió a decirle
todo cuanto sus ojos abiertos la habían obligado a callar
durante años. Le confesó cuánto la había amado, lo feliz que
hubiera podido hacerla. Le susurró que a él nunca le importó ser
veinte años mayor que ella. Le describió cuánto le hubiera
dolido su rechazo, cómo sufrió al descubrirla abrazada a ese
muchacho que iba al instituto con ella.
Pero se dio cuenta de que nada de eso tenía demasiada
importancia ahora. Todo el pueblo se había echado al monte, al
mar, para buscarla. Y él se la imaginó como una sirena dulce y
pálida, yaciente para siempre en las aguas del Cantábrico,
envuelta en ese vestido claro, como un ángel. Pero no. Debía
llevarla al pueblo, dejar que otros la llorasen. Dejar que se
pudriese en la tierra, donde no la visitarían peces, corales y
algas, sino sólo gusanos. Porque al fin, no era suya, como nunca
lo fue.
Jamás le perteneció. A pesar de haberla tenido dos días oculta,
hundida bajo su barco, entre las redes. No fue suya cuando la
seguía cada noche, ni cuando por fin se decidió a abordarla. Ni
cuando le rasgaba el vestido y la sujetaba por las muñecas. Ni
cuando le tapaba la boca y la abofeteaba para que se rindiera de
una vez. Ni siquiera cuando la ahogó, casi sin querer,
intentando silenciarla.
Un escalofrío le recorrió la espalda y la nuca cuando se
aproximó al puerto. Ella reposaba tranquila y distante sobre la
cubierta, como si le hubiera perdonado las copas de más de
aquella noche. Como si el beso que él acababa de darle no
encerrara mezquindad alguna.
La dejó sobre la dársena, entre la gente que comenzaba a
aglomerarse a su alrededor. Se despidió de ella con un última
mirada a sus labios entreabiertos. Y partió solo y sin rumbo,
hacia mar abierta, a la deriva. Donde no tuviera que enfrentarse
nunca con los ojos de nadie.
(Duquesa
de Rocamor) |